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miércoles

Las preferencias alimentarias

Existen razones biológicas, culturales y psicológicas que nos hacen preferir unos alimentos y rechazar otros

¿Por qué nos gusta menos el pescado que la carne? ¿Cuál es la razón de que un alimento que antes no nos gustaba ahora sí nos parezca delicioso? ¿Cómo se explica que nos gusten cosas diferentes que a los demás? Decidir qué comemos hoy, o el fin de semana, o cuál será el menú de un encuentro especial es un acto en el que intervienen muchos factores. Algunos están relacionados con las preferencias alimentarias propias, así como con otros elementos que influyen la selección de alimentos. Sin contar el factor económico (que, por supuesto, incide en la decisión de comer o no angulas, langosta termidor o caviar iraní) existen razones biológicas, culturales y psicológicas que hacen que prefiramos determinados alimentos. El siguiente reportaje explica cuáles son estas razones y cómo funcionan.

Elección de alimentos: una fuerza de supervivencia
Vivimos en un entorno donde la supervivencia depende en gran medida de la ingesta de alimentos. Por tanto, el organismo debe tener mecanismos que regulen de alguna manera la necesidad de energía o, incluso, de algunos nutrientes concretos. El hambre es un indicador de la necesidad de energía y la sed, de la necesidad de agua. Así, sabemos que existe una compleja regulación neuroendocrina del apetito en la que participan diferentes órganos relacionados con la digestión y, también, el cerebro, que es muy eficaz para ponernos a la búsqueda de alimento cuando tenemos necesidad de energía.
Por desgracia, este sistema está orientado a situaciones de escasez de alimentos -que han sido las más habituales a lo largo de la historia-, y no tanto a situaciones de exceso de energía, que son más recientes. Es decir, cuando hay escasez de alimentos, el sistema central de regulación del apetito recibe señales que nos inducen a buscarlos y consumirlos; sin embargo, en la abundancia no es tan eficaz para evitar que consumamos energía de más (por ejemplo, mediante la anulación del apetito).

martes

Aprendiendo a comer

Es imprescindible modificar la cultura alimentaria de los chicos de manera placentera. Eso sólo será posible con la colaboración de la familia. Aquí, una guía de consejos.
Fuente: www.clarin.com
 Por Mónica Katz
La familia no siempre es capaz de estimular al intercambio afectivo. No hay padres perfectos ni familias de cuentos de hadas. Pero lo cierto es que todo lo que somos y hacemos depende
de la interacción con nuestros mayores. Por eso, si se percibe que nuestro estilo parental no es el adecuado, vale la pena revisarlo. No es una idea descabellada recurrir a un observador objetivo que nos ayude a analizar nuestro estilo parental y a identificar dificultades. Se trataría apenas de tolerar la herida narcisista que implica reconocer nuestras debilidades para superarlas. Alguna vez leí que “cuando A comprende que su padre tenía razón, normalmente ya tiene un hijo que cree que A está equivocado”.
Por lo pronto, aquí van algunos consejos modelados en rasgos del estilo democrático:

- La comida comienza al cocinar. Es sano y divertido incentivar a los chicos para que ayuden a preparar comida, dado que les gusta imitar a los mayores, que son sus modelos.
- Es esencial no focalizar en los modales sino en los hábitos nutricionales saludables. Ya habrá tiempo enseñarles protocolo y ceremonial.
- Conviene ofrecer menúes variados, pero no incluir más de tres alimentos por vez en los platos de los niños pequeños.
- Mantener cierta regularidad en la estructura de las comidas (horarios, lugares) aporta pautas culturales a los hijos y los prepara para la vida social.
- Se puede lograr que los alimentos rechazados se conviertan en preferidos ofreciéndolos de manera habitual en fiestas, momentos especiales o en contextos emocionales positivos. Luego, los chicos aprenderán a preferirlos por asociación. Si cuando un niño prueba y acepta un alimento nuevo los mayores lo felicitan ese alimento quedará reforzado y, con las repeticiones, se habrá aprendido a preferirlo. Los niños aprenden a comer los alimentos disponibles. Comenzar a introducir gradualmente nuevos alimentos les permitirá una transición adecuada a la alimentación de los adultos.
- Para comenzar a modificar la conducta de los chicos inapetentes o muy selectivos, los padres deben acordar una estrategia consistente. Dado que toda conducta exitosa se refuerza, si un chico logró atención por no comer, seguirá absteniéndose de los alimentos. Frente al inapetente, indiferencia, Ignorar las conductas negativas para que se extingan. El niño comerá cuando comprenda que no se le ofrece reemplazo, ni durante ni entre las comidas.
- Se debe preparar una única comida para todos. Si un chico rechaza determinado alimento, no debe ser forzado, pero tampoco es conveniente ofrecerle otra comida. Brindarle alternativas solo agravará el problema. Ningún niño sano se desnutrirá por saltear una cena.
- Los mayores deben ofrecer a los niños alimentos variados, repetidas veces. Se requieren más de diez exposiciones de cada alimento nuevo para aprender a preferirlo. Que los chicos coman de todo sólo depende de la paciencia y vocación de sus padres.
-Es crucial respetar la habilidad natural de los chicos para controlar su porción. Los padres no deben ser intrusivos ni controladores.
- No conviene restringir exageradamente a los niños el acceso a las comidas ricas, pues los alimentos prohibidos se vuelven más atractivos. Siempre que los alimentos nutritivos sean presentados como medio para conseguir golosinas o postres, los chicos los preferirán cada vez más. Para minimizar el “efecto postre” se puede ofrecer lo dulce por medio de una secuencia temporal específica y un discurso adecuado. Por ejemplo: “almorzamos, y luego de descansar o jugar comemos el postre” en lugar de “si no comés, no hay postre”.
- Si un chico se atraganta y sufre un ahogo con algún alimento, lo rechazará y desarrollará aversión por ese producto. Para superar ese reforzamiento negativo se deberá ofrecer aquel alimento con cuidado y respeto en repetidas ocasiones en pequeñas porciones.  

(*) La doctora Mónica Katz es médica especialista en nutrición. Actualmente se desempeña como coordinadora del Grupo de Trabajo de Obesidad en la Sociedad Argentina de Nutrición, y dirige la carrera Medico Especialista en Nutrición con Orientación en Obesidad y numerosos cursos de posgrado en la Universidad Favaloro. Hace un mes presentó su nuevo libro "Somos lo que comemos, verdades y mentiras de la alimentación", de editorial Aguilar.

jueves

La empatía

El vínculo con los demás sostiene nuestra propia vida

Por Facundo Manes

La interacción entre seres humanos resulta crucial para la supervivencia: diversos estudios han demostrado que personas que viven aisladas tienen menos expectativa de vida, se enferman más, tienen una peor performance en pruebas cognitivas y reportan niveles descendidos de felicidad . Esta interacción supone una relación que no se justifica sólo en la proximidad sino además en el vínculo que se establece con el otro.
El término empatía se aplica en el campo de las neurociencias a un amplio espectro de fenómenos, desde sentimientos de preocupación por los demás , hasta la capacidad de expresar emociones que coincidan con las que está experimentando otra persona e, incluso, la capacidad de inferir qué es lo que está pensando o sintiendo.
¿Qué es, entonces, la empatía y para qué sirve? ¿Se puede medir de manera exacta la capacidad empática de cada ser humano? Hasta hoy, ninguno de los intentos para cuantificar la empatía a través de medidas reportadas por la misma persona o valoraciones hechas por pares ha podido captar por completo el amplio rango de procesos afectivos, cognitivos y conductuales que involucra. Esta complejidad puede derivar de que la misma está procesada por una red ampliamente distribuida en nuestro cerebro, que interactúa naturalmente de manera extensa con diferentes regiones neuronales y sistemas cerebrales.
Cierta evidencia convergente de estudios en comportamiento animal, estudios de imágenes en individuos sanos y estudios de lesión en pacientes neurológicos sugiere que la empatía depende de una gran variedad de estructuras cerebrales evolutivamente más nuevas, y también incluye estructuras primitivas del cerebro que regulan los estados corporales, emociones y la reactividad afectiva . Esto demuestra el rol crucial que juega la empatía no sólo en los seres humanos, sino en toda especie animal en la que individuos interactúen entre sí. Asimismo, la empatía no sólo involucra procesos afectivos/emocionales sino también procesos reflexivos en los que es necesario tomar perspectiva (por ejemplo, entender por qué el otro está sufriendo).
Es por ello que la empatía tiene efectos directos sobre otros procesos cognitivos . Por ejemplo, estudios de nuestro laboratorio han demostrado que la empatía cumple un rol crucial en el juzgamiento moral.
 Pacientes con algunas condiciones neurológicas o psiquiátricas en las que fallan aspectos de la empatía muestran patrones de juzgamiento moral no asimilables con el patrón general. Del mismo modo la empatía resulta crucial para la motivación y en los aspectos más sociales de la toma de decisiones.
Hoy, las investigaciones intentan estudiar no sólo cómo generar medidas que puedan capturar de manera más fiable los niveles de empatía de una persona, sino también el modo en que puede ser estimulada y entrenada. Este concepto de empatía también resulta clave para abordar cuestiones sociales. Después de todo, si alcanzamos desarrollar de manera creciente nuestra experiencia empática para con nuestra comunidad, es probable que lleguemos a comprender lo que piensa el otro y convivir así más pacíficamente.
 La gracia de la armonía es lograrla no sólo cuando tenemos ideas comunes, que resulta siempre más cómodo y menos estimulante, sino también posiciones divergentes. La cualidad empática está en conseguir hacer de la diferencia una virtud.

martes

Las dietas expres

Operación verano: los nutricionistas desaconsejan las "dietas exprés"

Por: Nora Bar
La escena es recurrente: sube la temperatura y bastan unos minutos tratando de calzarnos la ropa del año pasado para que se encienda en nuestra mente un letrero titilante: "Houston, tenemos un problema".
Dada la ecuación biológico cultural en la que estamos inmersos, subir de peso es fácil, pero bajar exige un esfuerzo que pone a prueba hasta a los más decididos. Es en esos momentos en que buscamos soluciones sencillas para un problema complejo cuando llegan a parecer razonables promesas impensables del tipo "La dieta de la cereza... ¡Adelgaza 2 kilos en 3 días!", "Dieta depurativa para el verano...¡Adelgaza 3 kilos en 1 semana! o "Dieta de la piña... ¡2 kilos en 1 semana!" ( sic ). En este caso, todo parecido con la realidad no es casualidad...
Si usted es uno de los que confía en estas fórmulas, lamentamos desilusionarlo: no son efectivas. Cuatro destacados especialistas consultados por LA NACION coinciden en que, si bien pueden utilizarse cuando se busca un descenso de peso "a plazo fijo", a la larga no sólo carecen de valor, sino que hasta pueden ser negativas.
"Son tratamientos fulminantes que no instalan un modelo saludable. No sirven para el manejo de la obesidad, sino para la fiesta", dice el doctor Julio Montero, ex presidente de la Sociedad Argentina de Obesidad y Trastornos Alimentarios.
"Dan lo que prometen, pero desencadenan mecanismos neuroendocrinos que intentan oponerse a la amenaza que implica para el organismo la pérdida cuantiosa y veloz de peso corporal -explica la doctora Mónica Katz, coordinadora del posgrado de Nutrición de la Universidad Favaloro-. Éstos generan una tendencia al «rebote», que se acentúa cuanto más rápido es el descenso."
"Hacer una alimentación extraña, muy restringida, por tiempo corto, es mandarle al cuerpo el mensaje de que, no bien termine, puede tomar venganza. Y reiniciar un ciclo eterno de subas y bajas", coincide el doctor Edgardo Ridner, presidente de la Sociedad Argentina de Nutrición.
"Las «dietas exprés», que prometen descensos rápidos de peso, lo logran fundamentalmente a expensas de agua corporal, no de grasa, que sería el objetivo", subraya el doctor Silvio Schraier, presidente de la Fundación Argentina de Nutrición.

Hambre para hoy

Todo esto no quiere decir que reducir drásticamente el consumo de alimentos durante unos pocos días pondrá en riesgo nuestra estructura corporal. "En personas sanas, no representa un peligro -dice Montero-. De hecho, cuando alguien está enfermo, come poco y nadie se preocupa demasiado. Pero hay que ponerlo dentro de un marco adecuado. Las técnicas para descender rápido de peso no son el tratamiento de la obesidad; las estrategias para la obesidad son a largo plazo."
Aunque a veces se confunden, grasa y peso son cosas diferentes. Si la persona que se somete a un programa que le aporta muy pocas calorías diarias es muy obesa o está muy hinchada, puede perder en poco tiempo cinco o seis kilos. Pero, aclara Katz, "estudios originales de [Steven] Heimsfield muestran que a cada kilo de peso perdido corresponde, en el mejor de los casos, 75% de grasa y 25% de músculo y hueso. A velocidades de pérdida de peso mayores al 1% por semana, esta proporción va virando a más pérdida de tejido magro y menos de grasa. Se calcula que cada kilo «cuesta» 5500 calorías. Si quiero ganar peso, necesito ese superávit, y si por el contrario deseo pederlo, debo lograr ese déficit".
Un programa razonable tiene ambiciones más modestas. "Si comemos 400 calorías menos por día -agrega Ridner-, lo que requiere bastante esfuerzo, metabolizamos 50 gramos de grasa, que en la práctica es aun menos, ya que inevitablemente algo de músculo se pierde. Pero siendo generosos, 50 gramos por día con un cumplimiento perfecto representan 1,5 kg en 30 días. La única forma de aumentar un poco ese gasto es con mayor actividad física."

"Efecto rebote"

La búsqueda de fórmulas mágicas no sólo hace perder tiempo, sino que puede conducir a programas de alimentación bizarros que a veces no son inocuos. "En la década del setenta -cuenta Montero-, por hacer dietas muy restringidas sobre la base de gelatina, un alimento de baja calidad nutricional, se produjeron muertes por arritmias intratables. Es el riesgo de poner en práctica experimentos extraños, que no están estudiados ni validados."
Para Katz, además, el estrés generado por la dieta exprés generalmente lleva a "compensar" comiendo más. "Se genera un mecanismo de descontrol alimentario: se sostiene la abstinencia hasta que gana la autoindulgencia -afirma-. Lo peor es que luego de cada ciclo de abstinencia y descontrol, el alimento «prohibido» se torna más deseable. El dietante crónico vive polarizado emocionalmente entre la perfección y el fracaso absoluto. El fenómeno se denomina «violación de expectativa». Intenta cada día comer perfecto, poco, light, pero, si llega a romper alguna de las reglas que en su cabeza ha armado, su percepción es que todo está perdido y abandona todo para volver a engordar."
También Schraier destaca que las fantasías exprés "definitivamente son dañinas". "Se pierden masa muscular, sales de potasio, magnesio, sodio y otros minerales: se pierde de todo, menos grasa. Por lo tanto, mantenidas en el tiempo, desnutren", dice.
Y concluye Ridner: "El sube y baja es el mejor predictor de aumento sostenido de peso. Cada rebote deja más kilos. Y aleja a la persona del único camino cierto, que es la reeducación alimentaria".

Cómo son los programas "ultrarrápidos"

  • Repetitivos
    Instalan la monotonía para disuadir al dietante de consumir porciones suculentas
  • Desequilibrados
    Generalmente instan a comer un solo tipo de alimento, que pueden ser frutas, verduras, proteínas o lácteos
  • Prometen metas irreales
    Llevan a creer que se pueden burlar los mecanismos fisiológicos naturales, como perder una gran cantidad de kilos en una semana
  • Se presentan como una solución mágica
    Generalmente se publicitan con el argumento de que gracias a ellos personajes del cine o la TV lograron una silueta "perfecta"
  • No tienen sustento científico
    Más allá de que los médicos puedan indicar en ciertos casos programas intensivos por períodos cortos, los estudios con que se cuenta en la actualidad indican que la única forma de evitar la obesidad es instalar cambios alimentarios de largo plazo
Porqué es importante.
Metas poco realistas pueden conduc ir a frustraciones repetidas y a la idea de que bajar de peso es una misión imposible.

¿Es efectiva para adelgazar la estrategia del aburrimiento?

Al limitar la variedad de los alimentos que componen la dieta, se tiende a comer menos.
ideal" es discutible y hay quienes no están de acuerdo con la validez de las tablas existentes, los nutricionistas destacan que uno de los mayores problemas con los que se topa el dietante es que en los tratamientos para la obesidad existen dos etapas: el descenso y el mantenimiento. Generalmente, es la segunda la más difícil de lograr.
"El problema mayor no es la primera etapa. Con cualquier programa que modifique lo que se come habitualmente, la gente pierde peso, y si además se quitan muchas calorías o grupos completos de alimentos, como los hidratos, se adelgaza -asegura la doctora Mónica Katz-. Las dietas de un solo alimento funcionan, pues imponen monotonía y nos alejan de la difícil tarea de decidir. La dificultad surge con la segunda etapa. Ése es el momento en el que se desencadenan los mecanismos adaptativos y la motivación para mantener la dieta extrema decae."
"El concepto de estas dietas es limitar tanto la oferta que, por aburrimiento, se come menos -dice el doctor Edgardo Ridner-. Queda claro que esto es transitorio. Patear la pelota fuera de la cancha. Con esta táctica no se puede ganar nunca. En vez de instalar hábitos firmes de alimentación, uno se fuerza a una dieta extraña a sus costumbres, deseos y gustos. En cambio, pequeñas modificaciones voluntarias, pero sostenidas en el tiempo, permiten mantener el descenso alcanzado."
Para Montero, el rompecabezas de la obesidad es, en síntesis, un problema social. "Las personas están sometidas a una presión constante del medio, eso que llamamos cultura -agrega-. Nosotros ingenuamente les pedimos que cambien de estilo de vida, como si dependiera de los individuos, y en realidad la que propone el estilo de vida es la sociedad a través de la cultura. Entonces, les pedimos que se pongan «a contramano»."
El doctor Silvio Schraier destaca que reduciendo 500 calorías por día se pueden lograr descensos de alrededor de 500 gr por semana, o 2 kg por mes. "Puede parecer poco, pero suman 24 kg por año", dice. "Yo a estas dietas las llamo «de Cenicienta», por lo paupérrimo de su composición y porque, como su carruaje, a las 12 de la noche se convierten nuevamente en calabaza. Basta con pensar que si uno tiene que realizar dietas exprés varias veces por año es que en ninguna de esas oportunidades el descenso de peso fue duradero", concluye..

Los atracones

La compensación de problemas emocionales y las dietas restrictivas son algunas de las causas de los atracones, conducta riesgosa para la salud física y psíquica. Hoy, el tratamiento recomendado es psiconutricional.
Por: Marian Durao

Cada vez más personas padecen en relación al comer y a su imagen corporal, y este malestar no se encuentra reflejado en el campo de los trastornos alimentarios como la anorexia y la bulimia.
foto: gettyimages.com
En el transcurso de los últimos años, ha ido creciendo la demanda de un cuadro que presenta ciertas características y que se conoce con el nombre de Binge eating o Trastorno por atracón.
La sensación de frustación que produce la pérdida de dominio en la ingesta se refleja en frases como las siguientes: “Cuando estoy frente a la heladera no puedo parar de comer todo lo que encuentro”, “Cuando empiezo, hasta que no termine de comer todo el paquete no paro”, “Es como si la comida me dominase a mi”, “Si algo me salió mal, voy directamente a comer todo lo que encuentro” y “Siento que estoy fuera de control”.
No todas las personas que comen demasiado en algunas ocasiones padecen este trastorno. 

Para poder diferenciarlo, debemos reconocer algunos de los siguientes aspectos:

- Ingesta de grandes cantidades de comida, aun sin hambre real. La ingesta es impulsiva y descontrolada.
- Comer mucho más rápido que lo normal y hasta estar incómodamente llenos.
- Sensaciones de pérdida de control: no poder parar de comer, no controlar lo que se come ni cuánto se come.
- Comer a solas por la vergüenza que genera la cantidad de comida ingerida y la voracidad con que se la ingiere.
- Sentir malestar, enojo, autodesprecio  o culpa después de un atracón.
- Cambios frecuentes de peso.
- No hay conductas compensatorias (vómitos autoinducidos, ejercicio intenso, etc.), pero sí una gran preocupación por estar delgados.
- Baja autoestima, sensación de ineficacia, soledad y vacío.
Ante todo, es importante tener un diagnóstico claro. Hay “atracones objetivos” y “atracones subjetivos”.
Los primeros se caracterizan porque la persona ingiere una cantidad de comida superior a la que la mayoría de las personas ingerirían en un período similar.
Hay pacientes que han relatado ingerir entre 15.000 a 20.000 calorías de una vez. En los “atracones subjetivos”, las personas no comen realmente en exceso pero tienen la sensación de haber perdido el control de su ingesta, con la consecuente presencia de sentimientos de culpa, vergüenza y desprecio a ellas mismas. Hay diferencias en el tratamiento según el tipo de atracón.
Hoy está demostrado científicamente que el tratamiento de este tipo de disfunción del comer es recomendable que esté a cargo de un equipo interdisciplinario de profesionales, ya que el componente psicológico tiene un peso muy importante, y frecuentemente el Trastono por Atracón se asocia a trastornos emocionales.
Es importante que el paciente pueda establecer el cambio alimentario a través de un razonamiento cognitivo.
La sobrevaloración de la delgadez y el control de la ingesta hace que algunas personas se somentan a dietas estrictas que son precursoras de los atracones.
Los atracones se asocian especialmente a momentos de hambre y excesiva restricción. Si el paciente puede entender cómo se "arma" la situación del atracón es probable que pueda comenzar a desarrollar conductas alternativas más saludables.

Dietantes crónicos
Las personas que padecen este trastorno no presentan conductas compensatorias como vomitar, tomar laxantes, etc., como sucede en la anorexia subtipo purgativo o en la bulimia nerviosa, pero sí realizan reiterados intentos de dietas restrictivas.
Está demostrada la relación entre la restricción y la presencia de atracones. Estos desórdenes y la angustia de producen dan lugar a que el "reordenamiento" sea cada vez más difícil y la persona tienda a convertirse en dietante crónico.
Es importante poder discriminar entre la real necesidad fisiológica de comida y el comer más ligado a lo emocional. Muchas personas recurren a la comida como una manera de enfrentar y lidiar con emociones negativas y, a veces, también con emociones positivas, como por ejemplo, comer por estar muy contento o eufórico. Identificar y registrar ante cuáles situaciones, emociones o personas se desencadenan los atracones es el primer paso para desarrollar una relación más amigable con la comida. 

Dos veces más veloces
Un dato a tener en cuenta es que las personas que suelen tener atracones comen al menos dos veces más rápido que quiebes no los padecen.
Durante un episodio de atracón apenas se mastica, se toma mucho líquido para ayudar a tragar los bocados, lo cual contribuye a la sensación de hinchazón, tan característica de una atracón.
Es importante que el paciente pueda trabajar desde el abordaje psicológico la ansiedad, el estrés, el aburrimiento o la depresión que pueden desencadenar un episodio de atracón, así como sus consecuencias, reflejadas en sentimientos de culpa, enojo y vergüenza.
No olvidemos que, desde el punto de vista de la salud, los atracones aumentan el riesgo de hipertensión arterial, colesterol alto, afecciones cardíacas y diabetes mellitus tipo II, entre otros.
Desde lo psicológico, los sentimientos negativos hacia sí mismo se reflejan en patrones de aislamiento y baja autoestima, con consecuencias en todas las áreas de funcionamiento de la persona.
Existen tratamientos psiconutricionales de probada eficacia que trabajan con intervenciones destinadas a la modificación de conductas y creencias que aumentan la sensación de descontrol y desregulación emocional y que generan tanto malestar en quienes padecen este trastorno.
 

Cómo adelgazar sin dietas

Una nueva corriente en nutrición desecha los regímenes restrictivos que, según recientes estudios, fomentan el efecto rebote. 

Por: Andrea Gentil

Las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) muestran que hay cerca de 1.600 millones de personas con sobrepeso y obesidad en el planeta. Alrededor del 44% de las mujeres y del 29% de los hombres adultos hacen dieta, y un 80% de mujeres dicen estar disconformes con el tamaño y las proporciones de sus cuerpos. Solamente en los Estados Unidos las personas gastan casi 60.000 millones de dólares anuales en todo tipo de dietas para adelgazar, incluyendo el consumo de alimentos y bebidas light.
Lo paradójico es que los resultados de semejante esfuerzo no saltan a la vista, a juzgar por el hecho de que el 35% de la población estadounidense tiene serios problemas con su peso. Esa proporción, en la que alrededor de 1 de cada 3 personas está excedida, se mantiene en la Argentina y en buena parte de los países de Occidente, mientras que una enorme cantidad se convierte en dietante crónica, saltando de uno a otro programa de adelgazamiento, en un constante subibaja.
Así las cosas, es más que válido preguntarse si las dietas sirven realmente para algo más que para bajar algunos kilos (difíciles de no recuperar) en las primeras semanas. ¿Es factible depositar la confianza en dietas que prometen resultados rápidos y espectaculares pero que nunca hablan del largo plazo? Dietas que resumen su filosofía en un “cerrar la boca y los ojos a la tentación” de ciertos alimentos “prohibidos”, diabolizados, terribles. Chocolatín que me hiciste mal, ¿evitarte resuelve todos mis problemas?
Cada vez más, diferentes investigaciones científicas en el mundo dicen que no. Que las dietas que limitan y restringen no sirven. Que contar calorías solo empeora la obsesión por comer una vez que el “período de abstinencia” impuesto por la dieta se termina. Que evitar el placer de comer solo reprime las ganas hasta que un día, liberado, como un dique que acaba de romper, arrasa con todo. Un todo que no es otra cosa que los kilos que el abnegado dietante logró perder en unos meses, y que no solo se recuperan sino que se acrecientan poco más tarde.
En la Argentina, la médica nutricionista Mónica Katz, directora del curso del posgrado de Nutrición Clínica de la Universidad Favaloro, es contundente: “Les digo no a las dietas tradicionales de cerrar la boca, de prohibir ciertos grupos de alimentos. No a las dietas típicas del siglo XX que ponen a los seres humanos en el rol de máquinas termodinámicas en las que solo entra y sale y cuentan calorías. Porque somos seres deseantes, no es posible excluir el placer que tiene lo sabroso. Lo que sí se necesita es entrenar a esa persona que precisa bajar de peso para que coma sanamente y logre tener el peso corporal que le permita sentirse bien, sin privarse de disfrutar del placer del alimento”. Con este enfoque, su libro de reciente aparición “No Dieta” apuesta a dar pautas acerca de cómo encarar un cambio en el estilo de vida y en la alimentación, sin dietismo.
Los antecedentes científicos le dan argumentos. Una extensa revisión de estudios científicos hecha en la Universidad de California (UCLA, Estados Unidos) y publicada en la revista de la Asociación Americana de Psicología. Dice, lisa y llanamente, que las dietas no sirven para tratar la obesidad. “En un primer momento, las personas que hacen dieta pueden llegar a perder entre el 5% y el 10% de su peso original, pero los kilos vuelven –resume la psicóloga y obesóloga Traci Mann, a cargo de la investigación–. Analizando estudio por estudio comprobamos que la mayoría de las personas recuperan su peso y lo superan; las dietas no resultan en una pérdida sostenida de peso o en beneficios para la salud”.
El sondeo muestra que, en promedio, luego de dos años de hacer dieta estricta, un 23% de los dietantes superó su peso original. Pasados los 24 meses, el 83% de esas personas en dieta había engordado.
Mann va por más en su rechazo a las dietas estrictas: “Es factible que el efecto rebote de las dietas, el perder y ganar kilos, lleven a padecer problemas de salud; las investigaciones indican que está asociado a un aumento en el riesgo de infarto de miocardio, accidente cerebrovascular y diabetes”.
Por qué comemos. Los humanos, como especie, estamos sufriendo una alteración corporal. Se calcula que hacia el año 2030 viviremos en un mundo de personas gordas. ¿Podría ser esto un cambio evolutivo? Difícil, porque ser más gordos no trae más ventajas, sino más problemas, teniendo en cuenta la cantidad de enfermedades y trastornos de salud serios que provoca.
Además, el genoma (esto es, la secuencia de genes que guarda nuestros rasgos hereditarios) no parece haber cambiado demasiado en miles de años. Aunque algo sí varió, y es la manera de vivir. Algo que involucra el modo en el que las personas compran la comida, la distribuyen, la preparan, la comen; y también las formas en las que la gente trabaja, se divierte, se transporta, descansa, se climatiza, se relaciona, se emociona. No son los genes los que se están modificando, sino el estilo de vida como un todo. Y eso tiene consecuencias sobre el propio cuerpo.
Además, comer no es tan solo un abrir y cerrar la boca. Una cascada de sustancias se pone en marcha en el organismo, incluso, ante el solo hecho de pensar en comida, y todo un sistema que existe en pos de garantizar algo primario, instintivo, básico: alimentarse para subsistir. Son tres los sistemas que interactúan en el proceso: el de balance de la energía, el del placer y el de las emociones y el estrés.
El control de todo el proceso del balance de energía del cuerpo está en el cerebro, y sustancias como la insulina, la leptina y la grelina van regulando la presencia o ausencia de hambre para que la persona coma y por lo tanto ingrese energía al cuerpo antes de que el nivel de reservas del combustible interno del organismo se vea afectado. Porque el hambre es eso: una sensación corporal que ocurre cuando el cerebro detecta que hay que recargar baterías para seguir subsistiendo. Cuando el hambre llega, se ingiere lo que hay a mano, es una pulsión, violenta y primitiva.
Pero también está el apetito, una conducta aprendida, una necesidad emocional que se va construyendo. “A lo largo de la vida, lo que ingerimos refuerza y recompensa el acto de comer. Lo hace de tal forma que luego buscaremos comida o bebida solo para obtener ese placer memorizado. Al consumirlas nos sentiremos gratificados. Nuestro cerebro aprende a asociar esa recompensa que otorga comer a las circunstancias que la anticipan. Se aprende que el comportamiento de ingerir es gratificante y se memoriza. Luego, todo lo que hemos asociado con la comida será estimulado en sí mismo, aun sin la presencia de ella”, dice Mónica Katz.
Desde otro punto de vista, Any Krieguer explica que “desde la perspectiva del psicoanálisis, durante el primer año de vida el contacto del bebé con la mamá es puro placer en torno al pecho. Freud habla de la etapa oral, cuando se realza todo ese placer y satisfacción que siente el bebé humano en los labios y en la boca. La relación entre un adulto y la comida puede rastrearse en el primer encuentro entre el bebé y el pecho. Es la búsqueda de esa primera fusión”.
Queda todavía un tercer punto: comer disminuye el estrés. Experimentos hechos con ratas muestran cómo el animal estresado come sin parar, para tratar de frenar su ansiedad emocional. Y lo mismo hacen las personas, buscan alimentos que las reconforten, que las hagan sentir mejor, que las protejan del estrés cotidiano.

lunes

El apetito emocional

Las emociones, como el estrés, el aburrimiento o la tristeza, condicionan la manera en que nos relacionamos con la comida

Fuente: consumer.es
Por: María Manera

El estado de ánimo puede alterar nuestras elecciones alimentarias y viceversa: haber consumido (o dejado de consumir) determinados alimentos puede influir en el estado anímico. Distintos estudios apuntan que la tristeza, el aburrimiento o el estrés condicionan la manera en que nos relacionamos con la comida. Unas veces, lo hacen de forma obvia y evidente; y otras, de manera sutil e inconsciente. Sin embargo, estas interacciones son tan complejas, que es difícil establecer con claridad cómo es el vínculo entre emoción e ingesta, qué es consecuencia y qué es causa. Además, no se reacciona igual ante el aburrimiento -que parece incidir en un aumento de la ingesta-, que frente a la tristeza -según los estudios, tiende a reducir nuestras ganas de comer-. A continuación se describe la relación primaria entre las emociones y la comida, cómo influye el estrés en las ganas de comer y cuáles son los sabores que provocan placer. 

Las emociones y la comida 
Nuestra actitud antes o después de comer es, con mucha probabilidad, la forma más habitual y explícita de la relación que existe entre la comida y el estado de ánimo. Cuando tienen hambre, muchos animales, entre ellos los humanos, tienden a estar agitados, en alerta, e incluso, irritables, ya que esta condición estimula y fomenta la búsqueda de alimento. Una vez más, nuestros genes ancestrales recobran protagonismo.  

En cambio, después de una comida que nos sacia, los nutrientes absorbidos llegan al cerebro: a través del sistema nervioso se genera una sensación de calma, un estado letárgico en el que el humor tiene más probabilidades de ser positivo que negativo.
No ocurre lo mismo siempre, eso sí. Las emociones son de tristeza, vergüenza o ansiedad después de haber consumido un alimento que no debíamos, que sabemos que no es sano o que no forma parte de nuestro plan alimentario para perder peso. Y es que en alimentación nunca hay blancos y negros. Si además se relaciona con la compleja psicología humana, la gama de colores se amplía de forma exponencial. 

El estrés y las ganas de comer 

El estrés afecta a la salud de manera directa a través de múltiples procesos fisiológicos, pero también es capaz de cambiar comportamientos que se relacionan con la salud, como la selección y la ingesta de alimentos. Los estudios indican que la mayoría de las personas experimentan cambios en la conducta alimentaria en respuesta a una situación de estrés. Sin embargo, esta respuesta no es la misma en todos los individuos. Es más, puede ser la opuesta.
Un trabajo publicado en la revista científica Appetite calculó, a partir de datos de varias investigaciones, que mientras un 30% de los sujetos estudiados manifestaron un aumento en su apetito, casi un 50% revelaron una disminución de las ganas de comer. Estos efectos parecen ser distintos en función del tipo de persona que siente estrés: quienes restringen la ingesta de manera habitual suelen responder con más apetito y ganas de comer que quienes no la limitan de forma cotidiana.

Los sabores que provocan placer

La sensación placentera asociada al sabor dulce es innata, mientras que el amargo y el picante se rechazan de forma natural por los bebés. Varios estudios así lo han demostrado al analizar las expresiones faciales de recién nacidos a quienes se les administraron líquidos con sabores dulces o amargos. Sus muestras de goce al beber el líquido con azúcar contrastan con expresiones que los investigadores asocian a emociones negativas y que coinciden con el momento de probar el sabor amargo. 
Sin embargo, cuando las personas son mayores, las expectativas y predicciones acerca de las reacciones a la comida están muy influenciadas por las experiencias previas. Las reacciones frente a un alimento tienen mucho que ver con qué ha pasado las anteriores veces que lo hemos consumido, pero también con lo que esperamos de ese consumo o cómo afecta este alimento a otras personas.

Cómo comemos (nos llenamos) los argentinos

La mitad de la población del país tiene sobrepeso y la mayoría piensa que comer mucho es sano, aunque luego se recurra a pastillas, yuyos y dietas varias. El picoteo, un pésimo hábito, y la resistencia a comer bien, un sello nacional.
Fuente: www.clarin.com
Por: Dr. Edgardo Ridner

Comer bien es darle a nuestro cuerpo lo que necesita. Ni más ni menos. Cada persona tiene sus costumbres, que se fueron formando a lo largo de los años, fuertemente influenciadas desde el nacimiento por su familia y por los mensajes que la sociedad envía directamente o a través de todas las formas de expresión que existen.
Hay una forma de comer individual, pero fuertemente influenciada por una forma de comer social.
Los argentinos comemos mucho. Comer mucho no es comer bien, es comer mal. La mitad de la población tiene sobrepeso o es obesa. Y en muchos casos, además de sobrarnos calorías nos faltan nutrientes. Obesos desnutridos, una verdadera paradoja.
Repartimos nuestras comidas de un modo curioso. No desayunamos o hacemos desayunos livianos. Almuerzos variables y cenas abundantes, más una cuarta comida típica: el picoteo. Nuestro cuerpo se adapta mejor a una distribución regular de las comidas.
Tenemos incorporado el concepto del placer de "llenarnos", algo que los franceses llaman ser “gourmand”: comida poco elaborada pero abundante. Nos resistimos a ser refinados, a saborear cada bocado de un plato delicado.
Los argentinos estamos peleados con los vegetales y las frutas. No las compramos; si las tenemos, no las preparamos y no las comemos.
Somos los campeones de las excusas: “No me gusta”, “No me caen bien”, “Están caras”, “No tengo tiempo”. No sería mala idea empezar a ser positivos y preguntarnos cómo prepararlas para que nos gusten, elegir lo que nos caiga bien, lo que sea más económico y lo que se prepare rápido.
No nos esforzamos en estimular buenos hábitos a los chicos. Es difícil encontrar alguien que ofrezca frutas y verduras a sus hijos. Es importante limitar el consumo de golosinas y estimular horarios regulares para las comidas. En esa etapa nace el picoteo y se desarrollan las costumbres que se mantendrán durante toda la vida.
Cada tanto, nos acordamos de hacer dieta. Nada podría ser peor. Significa que comemos mal casi siempre, aguantamos hasta que nos asustamos y en ese momento intentamos hacer algo heroico que siempre dura poco. Tenemos resistencia crónica a aprender a comer.
Los argentinos creemos demasiado en la magia. Nos dejamos seducir por las pastillas, los yuyos o las dietas de moda. Creemos que hay alimentos buenos y alimentos malos. Pensamos que la culpa es de los alimentos y que nosotros no somos responsables de la decisión.
Imaginamos que un alimento engorda y otro adelgaza. Suponemos que hay alimentos que curan y otros que enferman. El folclore alimentario puede llenar varios libros con creencias falsas que por algún misterioso motivo no consiguen competir contra un buen libro de nutrición.
La bebida también es parte de nuestra alimentación. Una buena parte de nuestra hidratación proviene de bebidas frías o infusiones, especialmente mate, con azúcar.
Los argentinos tomamos en promedio más bebidas azucaradas que los estadounidenses. Aunque sostenemos que el plato nacional es el asado, en realidad lo que más comemos son pan, pastas y papas con alguna que otra milanesa.
Nuestra cultura pasa por el trigo y la carne. Los pequeños olvidados son los lácteos y los grandes perdedores son los vegetales, las frutas, las legumbres y el pescado.
Aprender a comer es una tarea difícil. Quizá si nos enseñaran en la escuela, sería más fácil seguir aprendiendo de grandes. Pero mientras llega ese día, si es que alguna vez llega, sería lindo ir picoteando algo de lo que pueden transmitir los que saben, que son los nutricionistas y no los opinólogos. Seleccionar la fuente de la información puede ser el primer paso de un menú saludable para aprender a comer mejor.

viernes

Claves para no aumentar de peso al dejar de fumar

Claves para no aumentar de peso al dejar de fumar

Fuente: www.clarin.com

Racionalizá los antojos: al dejar de fumar es común el antojo de golosinas. Es importante que antes de comer te preguntes si en realidad tenés hambre o es sólo un impulso para combatir la ansiedad.
Snacks saludables: tené siempre a mano algo para picar o masticar como frutas (la manzana es ideal), palitos de zanahoria o chicles sin azúcar.
Plan combinado: dejar de fumar y comenzar un plan nutricional deben formar parte de un mismo proyecto. Si bien, al dejar el cigarrillo, evitar los dulces y las grasas puede ser difícil (solemos lanzarnos sobre la comida para no hacerlo sobre el atado de puchos) es importantísimo que adoptes una dieta saludable en paralelo.
Organizá tu menú: realizá al menos cuatro comidas y dos colaciones por día. Aumentá el consumo de lácteos, frutas y verduras.
Los prohibidos: durante los 10 primeros días sin cigarrillos es fundamental que evites frituras, salsas, alimentos muy salados, chocolates, postres, café u alcohol, porque son alimentos que estimulan los deseos de fumar.
Tomá más líquido: aumentar el consumo de agua mineral y jugos de frutas, tanto para el almuerzo o cena como entre comidas, ayuda en la desintoxicación del cuerpo además de quitar el hambre, ayudando a mantener el peso normal.
Hacé más actividad física: hacer ejercicio no sólo quema calorías sino que, además, te hace pensar en otra cosa manteniendo tu mente libre de humo. Podés salir a caminar, practicar algún deporte o ir al gimnasio. Te vas a dar cuenta de cómo mejoró tu resistencia.

Los beneficios al dejar el cigarrillo (¡vale la pena intentarlo!)


En las primeras 24 horas:
- Se reduce la presión arterial y las pulsaciones arteriales.
- Aumenta la temperatura de manos y pies.
- Se reduce la probabilidad de sufrir un ataque cardíaco.

En las primeras 72 horas libres de humo de cigarrillo:
- Se recuperan los sentidos del olfato y el gusto, resaltándose las cualidades de los alimentos.
- Mejora tu capacidad pulmonar y lentamente te sentís menos cansada frente a las actividades cotidianas.

Entre las 2 semanas y los 3 primeros meses sin fumar:
- Mejora la circulación sanguínea y aumenta el rendimiento físico.
- Los pulmones mejoran su funcionamiento.

En los primeros 9 meses libres de tabaco:
- Los síntomas respiratorios comunes (tos, fatiga, congestión nasal, etc.) se reducen notablemente.
- El aparato respiratorio en general aumenta su capacidad para reaccionar frente a una infección viral o bacteriana.

A los 10 años de haber dejado el hábito
- La probabilidad de tener un cáncer de pulmón con desenlace fatal se asemeja a la de una persona no fumadora.
Experta Consultada: Dra. Georgina Alberro, Médica Especialista en nutrición. Experta en Tabaquismo. Coordinadora de Tabaquismo de LALCEC (Liga Argentina de lucha contra el Cáncer) que ofrece los programas Chau Pucho.

lunes

Jornada gratuita: “la menopausia no es una enfermedad”

Profesionales destacados van a participar en el Fórum Mujer y Menopausia. Se hará por primera vez en el país y tendrá charlas sobre salud, sexualidad, trabajo e imagen. Te contamos cómo inscribirte.

El sábado 11 de agosto se hará el Primer Fórum Mujer y Menopausia “Ella y el abanico”. Estará dedicado a informar sobre este momento que no es una enfermedad, sino un proceso vital de la vida.
La entrada es libre y gratuita, solo hay que inscribirse en el blog del evento. Arranca a las 9 horas en el Centro Cultural General San Martín, ubicado en Sarmiento 1551, Ciudad de Buenos Aires.
El foro, que se realizará por primera vez en Argentina, reunió a más de mil mujeres en España. Van a participar especialistas destacadas en temas como el climaterio, la osteoporosis, la sexualidad en la menopausia, la salud emocional, la nutrición y el trabajo.
Las asistentes podrán preguntar, compartir experiencias e informarse, sin mitos ni tabúes, y con buenos consejos para vivir mejor. Además, se realizarán talleres participativos de cine y asesoría de imagen.
En todos los casos, se mantendrá un mensaje: la actitud positiva es fundamental para transitar esta etapa y vivirla plenamente a partir de la independencia, la experiencia y la sabiduría propias de la madurez.

PROGRAMA

9 horas: acreditación.

10 horas: primera conferencia.
El Climaterio. Síntomas molestos de la menopausia: alternativas naturales a la terapia hormonal de reemplazo.
Por la doctora Susana Pilnik, especialista en endocrinología y directora del curso de especialistas en endocrinología ginecológica de SAEGRE NOA.

10.40 horas: segunda conferencia.
El sueño en la menopausia.
Por la doctora Mirta Ana Averbuch, directora del Instituto SOMNOS Medicina del Sueño y jefa de la Unidad de Medicina del Sueño del Instituto de Neurociencias Hospital Universitario Fundación Favaloro.

11.20 horas: tercera conferencia.
Qué son las Isoflavonas y su importancia en la dieta de la mujer en climaterio.
Por la doctora Mónica Katz, médica especialista en nutrición y fundadora del equipo de trastornos de alimentación del Hospital Municipal Dr. Carlos G. Durand.

12 horas: cuarta conferencia.
Modelos de representación de la mujer madura en el cine.
Por Sandra Furelos y Sergio Victorino, docentes, y Adriana Mendoza, psicóloga social y consultora psicológica especializada en la mujer.

14 horas: taller de imagen.
La madurez es una etapa de plenitud, ¡disfrútala!
Por Claudia Lombardi, asesora de imagen personal y profesional.

14.40 horas: quinta conferencia.
Prevención de la osteoporosis en mujeres pre menopáusicas y tratamiento.
Por la licenciada Marcela Ciaño, jefa del servicio de nutrición de la Clínica y Maternidad Suizo Argentina.

15.20 horas: sexta conferencia.
Sexualidad en la menopausia; un aspecto psicológico.
Por la doctora Luisa Barón, de la Fundación para la Investigación Médico-Psicológica (IMPSI).

16 horas: séptima conferencia.
Sexualidad en la menopausia II.
Por la doctora Claudia Rey, médica especialista en ginecología y miembro de la Comisión Directiva de AAPEC (Asociación Argentina para Estudio del Climaterio).

16.40 horas: octava conferencia.
Trabajar a los 50.
Por Cristina Oroño, consultora experta del Consejo Nacional de las Mujeres y magister en Ciencias de la Familia.

17.20 horas: panel de cierre.
El climaterio, una oportunidad para la plenitud.
Por Montse Roura, creadora y directora del I Salón de la Menopausia “ella y el abanico".
Por Clelia Magaril, profesora adjunta de Gineco de la UBA y Experto Latinoamericano de Climaterio y de Argentina.
Por la doctora Claudia Rey, médica especialista en ginecología y miembro de la Comisión Directiva de AAPEC.
Por Rocío Oyanguren, periodista peruana autora del libro “Dichosas, un recorrido de 14 mujeres exitosas que hablan de la menopausia”.

18.30 horas: proyección de “Mujeres sin pausa”, de Paula Palacios.
Entrevista a mujeres de más de 45 años de todo el mundo. Desde Japón, el país con la esperanza de vida más larga, hasta Tanzania, pasando por Francia, España y Ecuador, en este documental conocemos a madres, esposas, amas de casa, ginecólogas y empresarias.

domingo

Tres consejos científicamente comprobados para bajar de peso


Tres consejos científicamente comprobados para bajar de peso

La restricción de las calorías que consumimos es la mejor forma de perder peso, pero todos sabemos lo difícil que es conseguirlo.
Mujer a dieta
Quienes perdieron más peso fueron las anotaron todo lo que comían en un diario.
Ahora investigadores en Estados Unidos afirman que encontraron tres medidas básicas para lograrlo: mantenga un diario de todos los alimentos que consume, no se salte ninguna comida y evite comer en restaurantes, en particular durante el almuerzo.


Los resultados publicados en Journal of the Academy of Nutrition and Dietetics (Revista de la Academia de Nutrición y Dietética de Estados Unidos) encontraron que aquéllas que siguieron esos tres consejos -y en particular las que llevaron 

un diario de comidas- fueron las que lograron perder más peso.Los científicos del Centro de Investigación de Cáncer Fred Hutchinson llegaron a esa conclusión después de estudiar a un grupo de mujeres con sobrepeso u obesas que fueron puestas a dieta durante un año.
Tal como expresa la doctora Anne McTiernan, quien dirigió el estudio, "ésta es la primera vez que se mide el impacto de una serie de conductas de autocontrol en el peso corporal".
"En lo que se refiere a la pérdida de peso, la evidencia de los estudios clínicos controlados y aleatorios que comparan las diferentes dietas han encontrado que restringir las calorías totales es más importante que la composición de la dieta, como las dietas bajas en grasas o bajas en calorías".
"Por lo tanto -agrega la investigadora- el objetivo específico de nuestra investigación era identificar conductas que apoyaran ese objetivo global de restringir las calorías".
Honestidad y precisión
Para encontrar qué conductas podrían ayudar a ese objetivo se llevó un registro durante un año de 123 mujeres obesas o con sobrepeso de entre 50 y 75 años.
Todas las participantes tenían un estilo de vida sedentario.
"Un diario de comidas es una de las formas más fáciles de mantener un registro de lo que estamos comiendo. Si usted lo escribe, parece más real. Si no lo escribe, es fácil pretender y engañarse a sí misma de que no ha comido tanto "

Dra. Anne McTiernan
Para el estudio se les dividió al azar en dos grupos: uno seguiría una dieta de restricción calórica durante un año y el otro grupo seguiría la dieta de restricción calórica junto con una rutina de ejercicio.
Asimismo se les dieron una serie de consejos básicos para lograr su pérdida de peso.
En particular, se les recomendó que al llenar su diario de comidas fueran honestas y registraran todo lo que comían, que fueran precisas y registraran las porciones, que completaran detalles sobre la preparación de los alimentos y fueran consistentes, es decir que llevaran siempre su libreta para anotar su consumo.
Los resultados, al final de 12 meses, mostraron que las participantes habían perdido en promedio 11% del peso corporal que tenían al iniciar, unos 8,6 kilos.
La mayoría habían seguido dietas de entre 1.200 y 2.000 calorías diarias.
Pero las que más peso lograron perder fueron las que llevaron un diario de comidas.
Éstas perdieron en promedio 2,7 kilos más que las que no llevaron diarios.
Las que dijeron saltarse comidas perdieron 3,6 kilos menos que las que no se las saltaban.

Nada de restaurantes

Las que salían a comer a restaurantes al menos una vez a la semana también perdieron menos peso: unos 2,2 kilos más que las que no salían, en particular durante el almuerzo.
Tal como expresa la doctora McTiernan, "un diario de comidas es una de las formas más fáciles de mantener un registro de lo que estamos comiendo".
"Si usted lo escribe, parece más real. Si no lo escribe, es fácil pretender y engañarse a sí misma de que no ha comido tanto" agrega.
En cuanto a saltarse las comidas, los investigadores creen que esto provoca que el individuo "responda más favorablemente a alimentos de altas calorías y por lo tanto termine comiendo más".
La conclusión, dice la doctora McTiernan, "es que para quienes están tratando de perder peso el principal consejo, basados en este estudio, es que mantengan un diario de comidas para ayudarse a cumplir su objetivo diario de consumo".

viernes

10 Razones para no hacer dieta

Fuente: www.lanacion.com

1. Cuanto más rápida es la dieta, más velozmente se recupera el peso perdido 
  Es el famoso “efecto rebote”. O subir como en avión lo que se bajó trabajosamente por la escalera. Para evitarlo, hay que tratar de ir más despacio y paso a paso: “Hoy, el éxito de un tratamiento para adelgazar implica perder el 10% del peso inicial y mantenerlo por lo menos un año”, dice la nutricionista Mónica Katz. El abordaje moderno es ir por etapas. Así, el cuerpo y la mente se adaptan al nuevo estado.

2. Después de la privación, llega el atracón

Cualquier dieta que uno haga y luego deje, vuelve a subir. Y cuanto más estricta haya sido la dieta, mayor será la suba de peso. Porque hay una revancha del cuerpo y de la mente.
Por otra parte, “Toda restricción incrementa el deseo”. Por eso, hacer dietas restrictivas provoca un aumento de los pensamientos obsesivos respecto del cuerpo y de la comida, y con esto se genera un círculo vicioso de prohibiciones y atracones difícil de cortar.

3. Vivir a dieta hace funcionar al organismo en “modo ahorro”

Desde el punto de vista fisiológico, el organismo está preparado para la escasez, no para la sobreabundancia de alimentos y estímulos como la que existe hoy. “Esto hace que, ante la falta de alimentos, el metabolismo se vuelva automáticamente más lento para gastar menos calorías”, explica la nutricionista Mónica Katz. Y, a la vez, dispara señales de hambre para alertarnos de que debemos comer para recargar energías.

4. La mayoría de las dietas no son saludables

Según el metaestudio publicado por American Psychologist, “las dietas hipocalóricas no aportan la cantidad de nutrientes necesarios para un buen funcionamiento del organismo”. Y adicionalmente a esto, “tampoco generan mejoras en los niveles de colesterol, hipertensión o glucosa en sangre”. Razón de más para no embarcarse en ellas.

5. Muchas dietas van a contramano de las costumbres y los hábitos sociales

Comer es un hecho social que va mucho más allá de lo fisiológico. Implica sentarse a la mesa y compartir con otros. El hecho de comer cada vez más solos y apurados, o frente al televisor en lugar de hacerlo a una mesa, también predispone a la obesidad, ya que se pierde la noción de las porciones y las cantidades. Por otra parte, toda dieta que implique horarios o tipos de alimentos diferentes de los que consumimos habitualmente se vuelve muy difícil de seguir y rápidamente se abandona.

6. Cuando una dieta fracasa, sobrevienen la frustración y la culpa

Estos sentimientos disparan el deseo de comer como forma de expiación, lo que no hace sino “alimentar” un fatídico círculo vicioso. “Si bien existe una luna de miel”, en la que la dieta se cumple y se baja de peso, después el obeso no aguanta más y vuelve a subir”, dice la psicóloga Panzitta. “Y esto no le pasa porque se autoagrede, es transgresor o se porta mal. Le pasa porque el estar permanentemente a dieta hace que surjan actos de rebeldía por la comida. Por eso, muchas conductas compulsivas se originan, en realidad, en años y años de dietas.”

7. Las personas delgadas no viven a dieta

Simplemente adquirieron hábitos saludables de alimentación, que van desde la compra de los alimentos hasta la forma de cocinarlos, la de comerlos, y el equilibrio entre las calorías que ingieren y las que consumen.

8. Las dietas provocan estrés

Nuestro organismo está preparado para estresarnos frente a la falta de alimento. Pero este mecanismo de supervivencia que nos salvó de morir de hambre en el pasado, hoy se nos vuelve en contra por la superabundancia de alimentos y los múltiples estímulos que nos incitan a comer (la publicidad, los medios, el aburrimiento).
Y este estrés, que se suma al estrés cotidiano de nuestra vida, hace que paradójicamente recurramos a la comida como forma de calmarnos. Con lo que, otra vez, alimentamos el círculo vicioso.

9. El descenso de peso logrado por las dietas raramente se mantiene en el tiempo

Y esto lo saben muy bien todos los gorditos, que conocen y han probado todo tipo de dietas. Con cualquiera de ellas se puede bajar de peso. Lo difícil es mantenerse. Volviendo al metaestudio de American Psychologist: “A los cuatro años de haber emprendido la dieta, entre uno y dos tercios de las personas recuperaron más peso que el que tenían antes de empezarlas”. Francamente, desmoralizador.

10. La obesidad es demasiado compleja para curarla con una dieta

La obesidad tiene componentes genéticos, hereditarios, culturales, hormonales, metabólicos y emocionales, que requieren un trabajo interdisciplinario. En tanto, “el éxito de un tratamiento para adelgazar es la distancia entre nuestras expectativas y el resultado –dice Mónica Katz–. Por lo tanto, hay que plantearse objetivos reales y no ideales, preparar un ambiente seguro (sin tentaciones a la vista), y saber que, como todo aprendizaje, requiere tiempo y esfuerzo. No hay magia.” .

lunes

Problemas de sueño y obesidad

¿Qué nos quita el sueño a los argentinos?

En las últimas cuatro décadas, perdimos dos horas de descanso diarias y ganamos estrés, obesidad, hipertensión y propensión a accidentes. La medicina ya dio su veredicto: dormir bien es necesario para el bienestar general

Por María Gabriela Ensinck  



 
Foto:rominahoffman
  La peste del insomnio no trajo alegría a Macondo, sino un gran estupor al darse cuenta de que la falta de sueño les perturbaba necesariamente la memoria. "Tanto, que todos se fueron olvidando del nombre de las cosas, de sus funciones y hasta del valor de la palabra", cuenta Gabriel García Márquez en Cien años de soledad. A los argentinos, que hemos perdido en promedio dos horas de sueño por noche en los últimos 40 años, la historia nos resulta reveladora.
"Hoy se duerme unas 6 horas por noche, un 25% menos que en la década del 70", apunta Daniel Cardinali, fisiólogo investigador del Conicet y profesor de la Facultad de Medicina de la UBA y la Universidad Católica Argentina (UCA). El ritmo de vida cada vez más acelerado, la multiplicación de canales de TV de 24 horas, Internet y la conectividad permanente a las redes sociales son grandes responsables de este descenso en la calidad y cantidad de sueño. Las consecuencias de la falta de descanso no son gratuitas: aumento del estrés, mayor propensión a trastornos de ansiedad y depresión, diabetes, hipertensión, envejecimiento prematuro y tendencia a la obesidad (ver recuadro Del reposo a la balanza).
Dormir poco o mal también está asociado con un mayor número de accidentes. Un estudio entre choferes de corta y media distancia realizado por investigadores del Conicet en colaboración con la Unión Tranviarios Automotor (UTA) reveló que la falta de sueño al volante puede ser tan letal como el alcohol. "Permanecer despierto durante 18 o 19 horas perturba la capacidad de atención y reacción de forma similar al efecto producido por una concentración de alcohol en la sangre de 0.05 mg/dl, el máximo permitido por ley para conducir vehículos", destaca el trabajo dirigido por Cardinali y publicado en 2010 sobra la base de una encuesta a 1023 colectiveros.
Pero ¿cuál es la función del sueño? Para los antiguos, era una forma de conexión con los dioses y el más allá. Para el neurólogo vienés y padre del psicoanálisis, Sigmund Freud (1856-1939), una vía de expresión del inconsciente. Hoy se sabe que soñar está asociado con funciones inmunes, endocrinas y de memoria.
Mientras dormimos, además de recargar las pilas, el cerebro aprovecha para reorganizar la información. Esto explica por qué muchas veces nos acostamos pensando en un problema y a la mañana siguiente nos levantamos con una solución que antes no habíamos advertido.
Durante las horas de sueño, "los nuevos conocimientos son transferidos desde el hipocampo, donde se almacena la memoria de corto plazo, a la corteza cerebral -apunta Daniel Pérez Chada, director de la Clínica del Sueño del Hospital Universitario Austral. No obstante, ningún trabajo científico ha demostrado la posibilidad de incorporar conocimientos concretos, por ejemplo un idioma, mediante la audición durante el sueño", desmitifica Pérez Chada.
De lo que sí hay evidencia es de la capacidad de detectar sonidos durante el sueño y asociarlos a los recuerdos para su consolidación. Por más profundo que se esté durmiendo, el cerebro sigue escuchando y muchas veces los sonidos se incorporan en forma adaptativa al sueño. Así, podemos soñar que nos levantamos y nos aprontamos para salir cuando suena el despertador.

La vida es un sueño
Todos los animales duermen, aunque no todos atraviesan una fase particular del sueño en la cual la actividad cerebral es similar a la de la vigilia: el sueño REM, caracterizado por un movimiento ocular rápido. "Esta fase resulta crucial para las funciones reparadoras del sueño -señala el neurólogo Facundo Manes, director del Instituto de Neurología Cognitiva (Ineco) y del Instituto de Neurociencias de la Universidad Favaloro-. El sueño ayuda a incrementar, consolidar e integrar nuevos aprendizajes en la memoria. Esto es parte de un proceso en el que el cerebro toma información recientemente aprendida y trata de buscarle significado en términos de posibles utilidades futuras", detalla Manes.
Alrededor de un tercio de nuestra vida transcurre mientras dormimos. Sin embargo, no siempre que estamos durmiendo soñamos. "Un ciclo de sueño completo toma entre 90 y 110 minutos, y se da usualmente en 5 etapas: 1, 2, 3, 4 y sueño REM (rapid eye movement)", explica la neuróloga Marcela Cohen, de la Clínica y Maternidad Suizo Argentina. La etapa 1 es de sueño liviano. Los ojos se mueven lentamente, la actividad muscular se lentifica y pueden aparecer contracciones musculares repentinas con una sensación de golpe o estar cayendo. De la etapa 2 a la 4 aparecen progresivamente ondas cerebrales lentas. Las etapas 3 y 4 son las de sueño más profundo, en las que es difícil despertar a la persona. Aquí no hay movimientos oculares ni actividad muscular. Es cuando algunos niños pueden mojar la cama, caminar dormidos o experimentar terrores nocturnos.
"En el período REM la respiración se hace más rápida, irregular y superficial, los ojos se mueven rápidamente y los músculos se paralizan -explica la doctora Cohen-. Las ondas cerebrales aumentan como en una persona despierta. El ritmo cardíaco y la presión arterial también lo hacen. Es cuando ocurren la mayoría de los sueños y si la persona se despierta puede recordarlos."

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